Las botellas (ya había perdido la cuenta
de cuántas eran) flotaban alrededor nuestro. Yo sostenía a Ícaro para que no se
hundiera. El imbécil había tomado tanto que se quedaba dormido y era un hombre
grande, pesado, me costaba mantenerlo sentado. Todavía tenía puesta la máscara
que había usado durante todo el Carnaval, una blanca que le cubría los ojos, de
nariz ganchuda. No sé por qué insistía en usar ésa, yo siempre le dije que así
parecía todavía más hijo de puta, pero a él le gustaba igual. O le gustaría
verme a mí ponerme de esa forma, malhumorada, amargada, no sé. Qué hijo de
puta. Yo no lo quería ni tocar en esos días, por eso ahora pienso que esa noche
se emborrachó así a propósito, para que me quede con él, que lo abrace, que lo
cuide. Siempre fue muy boludo para pedirme esas cosas, se hacía el canchero
pero en el fondo era como un nene. La verdad es que ninguno de los dos tenía
muchas ganas de estar con el otro, pero ya estábamos acostumbrados, también
tantos años. No sé si me aguantaría llegar una noche a casa y que él no esté
ahí, en mi cama. No, no me lo aguantaría, prefiero esto antes que nada.
Ese carnaval del que hablo no fue como
los otros. Pasó algo que me hizo pensar en cosas que nunca había
pensado. Y entendí que una vez que la cabeza hace click no se vuelve para atrás.
Fue
cuando vivíamos en Río de Janeiro. Empezamos a chupar desde temprano, como
todos los años. Vimos un bloco a la mañana, transpiramos como locos, estaba
toda la calle llena de gente, volvimos a casa más o menos a las cuatro, tomamos
un poco más, nos tiramos en la cama, dormimos una siesta y salimos de nuevo.
Ícaro iba con esa máscara de mierda pero yo me había puesto como una diosa.
Vestido negro, largo, espalda al viento, purpurina en los ojos y pestañas
postizas. Parecía una actriz de Hollywood, una Marilyn Monroe en versión
morocha.
El
bloco que queríamos ver estaba en el Centro. Apenas llegamos a la Rio Branco,
Ícaro se perdió. Voló. Me quedé sola, medio borracha y con esa ropa que gritaba
cogeme. Me compré otra cerveza, qué iba a hacer, ya estaba en el baile, aunque
se me habían ido las ganas. Siempre igual. Con la lata en la mano entré a
sambar. Enseguida me rodearon unos tipos y empecé a repartir besos sin mirar
muy bien para quién iban. Me daba igual. Me abrí camino y empecé a seguir al
camioncito. Me conocía todos los sambas. Canté a los gritos. Tiré la lata. Alguien
me dio la mano. Era una chica.
La mano me apretaba, húmeda. Sentía los
dedos finos y calientes entrelazados con los míos. Me arrastró hacia afuera, a
la vereda, lejos de la jauría. Tenía un traje blanco, como los malandros.
Compró dos cervezas y sin darme tiempo de nada me comió la boca. A mí me gustan
los tipos, nunca se me había ocurrido estar con una mina, pero ella era tan
linda que la dejé que hiciera lo que quisiera conmigo. Quién sabe, pensé,
quizás la paso mejor que con Ícaro. Nos tomamos las cervezas, volvimos de
vuelta un poco al quilombo, al canto, a los besos. En algún momento me preguntó
si me iba con ella y le dije que sí, total, era carnaval, no importa nada, se
puede todo. Me dio un montón de besos y caminamos bastante para encontrar un
taxi. Vivía sola, en Copacabana.
El
departamento era chiquito pero tenía lo esencial, algunos muebles y un colchón.
Arriba del colchón, el ventanal daba a la playa. Fui a mirar, nerviosa. ¿Tenía
que ser más impulsiva? No me dejó pensar. Me agarró por atrás. Me di vuelta.
Mientras me besaba se sacó la ropa, me saqué la ropa, me arrastró a la cama. Nos
desparramamos. Me besó las piernas, me apretó las tetas, era más suave que un
hombre, me metió la lengua. Yo quería probarla también, chuparla, hacerle lo
mismo, pero ella me decía calma garota, calma. Y me repetía goshshshtosa. El
calor iba subiendo, ella paró nada más que para encender el ventilador. De
vuelta al colchón, me puso de espaldas y me masturbó. Mmmmm. Me encantó sentir
sus dedos adentro. Me la imaginé sola, en esa cama, tocándose, y me calenté más.
Entonces también la masturbé. Me apretó los dedos, estaba toda mojada. Ella
gemía y se movía como una gata. Se sentía raro tocarla, era como estar
tocándome a mí pero no. La humedad y el calor eran familiares aunque el tamaño era
diferente, ella era más ancha. Acabó dos veces, sentí el flujo un poco pegajoso
que se me quedaba en la mano.
Dormimos abrazadas, en cucharita.
Después
de esa noche la llamé un par de veces pero no me respondió. Hombre o mujer, al
final, no es tan diferente. Será que en carnaval la oferta crece tanto que todos
dan lo mismo, lo que importa es sacarse las ganas. No me quedé tranquila. Esperaba
verla en todos los blocos, hacía como que no la buscaba pero relojeaba todo. En
la calle, en el ómnibus, en la playa. No la encontré nunca. Si lo pienso bien
fue mejor, si la veía con otra me iba a hacer mierda, el orgullo me iba a quedar
por el piso. No entiendo muy bien por qué pienso en ella, si es por ella o por
la insatisfacción que empecé a sentir después con las otras relaciones. Tengo
un vacío adentro mío que crece.
El resto del carnaval no tuvo nada
especial. Unos besos con uno, con otro, Ícaro por ahí, como un palomo.
El día de las botellas no tenía ganas de
salir, estaba cansada. Me tomé sola varias de las cervezas que teníamos
guardadas y me tiré en el sofá, borracha. Quería dormir. Al rato llegó él,
que no podía ni levantar los pies cuando caminaba. Lo gasté, le dije che, qué
pasó, se te quemaron las alas. Traía más cerveza. Las destapó con un encendedor
que había por el piso. Se nos volcaron algunas. Se fue haciendo el mar de
alcohol. Él me miraba nada más, no me hablaba. Si me quería decir algo, a mí no
me importaba. Pero no me fui. Me quedé ahí, como siempre, sosteniéndolo, para
que no se ahogara. Eso no lo puedo cambiar, no puedo dejarlo solo. Me da pena.
Me da miedo. Dice un samba de Paulinho Da Viola: não sou eu quem me navega,
quem me navega é o mar. Me siento un poco así.

Es un excelente cuento doña Elis. Felicitaciones
ResponderEliminarMuchas gracias Lulita. Ya vendrán otros cuentos más :)
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