miércoles, 3 de abril de 2013

Carnaval

             Estábamos sumergidos en un mar de alcohol.

     Las botellas (ya había perdido la cuenta de cuántas eran) flotaban alrededor nuestro. Yo sostenía a Ícaro para que no se hundiera. El imbécil había tomado tanto que se quedaba dormido y era un hombre grande, pesado, me costaba mantenerlo sentado. Todavía tenía puesta la máscara que había usado durante todo el Carnaval, una blanca que le cubría los ojos, de nariz ganchuda. No sé por qué insistía en usar ésa, yo siempre le dije que así parecía todavía más hijo de puta, pero a él le gustaba igual. O le gustaría verme a mí ponerme de esa forma, malhumorada, amargada, no sé. Qué hijo de puta. Yo no lo quería ni tocar en esos días, por eso ahora pienso que esa noche se emborrachó así a propósito, para que me quede con él, que lo abrace, que lo cuide. Siempre fue muy boludo para pedirme esas cosas, se hacía el canchero pero en el fondo era como un nene. La verdad es que ninguno de los dos tenía muchas ganas de estar con el otro, pero ya estábamos acostumbrados, también tantos años. No sé si me aguantaría llegar una noche a casa y que él no esté ahí, en mi cama. No, no me lo aguantaría, prefiero esto antes que nada.

      Ese carnaval del que hablo no fue como los otros. Pasó algo que me hizo pensar en cosas que nunca había pensado. Y entendí que una vez que la cabeza hace click no se vuelve para atrás.

      Fue cuando vivíamos en Río de Janeiro. Empezamos a chupar desde temprano, como todos los años. Vimos un bloco a la mañana, transpiramos como locos, estaba toda la calle llena de gente, volvimos a casa más o menos a las cuatro, tomamos un poco más, nos tiramos en la cama, dormimos una siesta y salimos de nuevo. Ícaro iba con esa máscara de mierda pero yo me había puesto como una diosa. Vestido negro, largo, espalda al viento, purpurina en los ojos y pestañas postizas. Parecía una actriz de Hollywood, una Marilyn Monroe en versión morocha.

      El bloco que queríamos ver estaba en el Centro. Apenas llegamos a la Rio Branco, Ícaro se perdió. Voló. Me quedé sola, medio borracha y con esa ropa que gritaba cogeme. Me compré otra cerveza, qué iba a hacer, ya estaba en el baile, aunque se me habían ido las ganas. Siempre igual. Con la lata en la mano entré a sambar. Enseguida me rodearon unos tipos y empecé a repartir besos sin mirar muy bien para quién iban. Me daba igual. Me abrí camino y empecé a seguir al camioncito. Me conocía todos los sambas. Canté a los gritos. Tiré la lata. Alguien me dio la mano. Era una chica.

       La mano me apretaba, húmeda. Sentía los dedos finos y calientes entrelazados con los míos. Me arrastró hacia afuera, a la vereda, lejos de la jauría. Tenía un traje blanco, como los malandros. Compró dos cervezas y sin darme tiempo de nada me comió la boca. A mí me gustan los tipos, nunca se me había ocurrido estar con una mina, pero ella era tan linda que la dejé que hiciera lo que quisiera conmigo. Quién sabe, pensé, quizás la paso mejor que con Ícaro. Nos tomamos las cervezas, volvimos de vuelta un poco al quilombo, al canto, a los besos. En algún momento me preguntó si me iba con ella y le dije que sí, total, era carnaval, no importa nada, se puede todo. Me dio un montón de besos y caminamos bastante para encontrar un taxi. Vivía sola, en Copacabana.

      El departamento era chiquito pero tenía lo esencial, algunos muebles y un colchón. Arriba del colchón, el ventanal daba a la playa. Fui a mirar, nerviosa. ¿Tenía que ser más impulsiva? No me dejó pensar. Me agarró por atrás. Me di vuelta. Mientras me besaba se sacó la ropa, me saqué la ropa, me arrastró a la cama. Nos desparramamos. Me besó las piernas, me apretó las tetas, era más suave que un hombre, me metió la lengua. Yo quería probarla también, chuparla, hacerle lo mismo, pero ella me decía calma garota, calma. Y me repetía goshshshtosa. El calor iba subiendo, ella paró nada más que para encender el ventilador. De vuelta al colchón, me puso de espaldas y me masturbó. Mmmmm. Me encantó sentir sus dedos adentro. Me la imaginé sola, en esa cama, tocándose, y me calenté más. Entonces también la masturbé. Me apretó los dedos, estaba toda mojada. Ella gemía y se movía como una gata. Se sentía raro tocarla, era como estar tocándome a mí pero no. La humedad y el calor eran familiares aunque el tamaño era diferente, ella era más ancha. Acabó dos veces, sentí el flujo un poco pegajoso que se me quedaba en la mano.
                   Dormimos abrazadas, en cucharita.       

       Después de esa noche la llamé un par de veces pero no me respondió. Hombre o mujer, al final, no es tan diferente. Será que en carnaval la oferta crece tanto que todos dan lo mismo, lo que importa es sacarse las ganas. No me quedé tranquila. Esperaba verla en todos los blocos, hacía como que no la buscaba pero relojeaba todo. En la calle, en el ómnibus, en la playa. No la encontré nunca. Si lo pienso bien fue mejor, si la veía con otra me iba a hacer mierda, el orgullo me iba a quedar por el piso. No entiendo muy bien por qué pienso en ella, si es por ella o por la insatisfacción que empecé a sentir después con las otras relaciones. Tengo un vacío adentro mío que crece.

      El resto del carnaval no tuvo nada especial. Unos besos con uno, con otro, Ícaro por ahí, como un palomo.

      El día de las botellas no tenía ganas de salir, estaba cansada. Me tomé sola varias de las cervezas que teníamos guardadas y me tiré en el sofá, borracha. Quería dormir. Al rato llegó él, que no podía ni levantar los pies cuando caminaba. Lo gasté, le dije che, qué pasó, se te quemaron las alas. Traía más cerveza. Las destapó con un encendedor que había por el piso. Se nos volcaron algunas. Se fue haciendo el mar de alcohol. Él me miraba nada más, no me hablaba. Si me quería decir algo, a mí no me importaba. Pero no me fui. Me quedé ahí, como siempre, sosteniéndolo, para que no se ahogara. Eso no lo puedo cambiar, no puedo dejarlo solo. Me da pena. Me da miedo. Dice un samba de Paulinho Da Viola: não sou eu quem me navega, quem me navega é o mar. Me siento un poco así.

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