En la parada del ómnibus, dos hombres se pasan el protector
por el cuerpo. Un tercero se apura y le hace señas al chofer que pasa demasiado
rápido y los deja esperando.
Arriba
del transporte, la gente pasa sobre el molinete las reposeras, las sombrillas y
a los hijos, con las piletitas inflables. Todos se ríen cada vez que las
frenadas les impide darse el resto de las cosas que cargan como si se fueran quince
días.
Al lado mío, una mujer grita por el teléfono.
Vai na Praia? Eu também vou, todo mundo tá indo!
Bajamos todos en el mismo punto y
juntos, como en una peregrinación, caminamos rápido hasta avistar el mar. Es el
mediodía pero la playa está llena, a pesar del sol piromaníaco.
Los cuerpos se desparraman en la arena,
parece que el sol los está derritiendo.
En el mar, blancas, algunas espaldas
todavía no absorbieron el protector.
Hay cuerpos blancos, negros, trigueños,
amarillos, colorados. Hay perfectos, imperfectos, diosas que parecen salidas de
la revista Caras y panzas que cuelgan como los jardines de Babilonia, kilos y
kilos de grasa que se escapan por las zungas y las microbikinis.
Leer
el libro que cargué, en este contexto, pierde el sentido.
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